LOS CAMINOS DEL SEÑOR SON INCOMPRESINBLES E INESCRUTABLES…

Por A. Lara

El nuevo realismo -escribe Markus Gabriel, en su libro Por qué no existe el mundo– asume que los pensamientos sobre realidades existen con el mismo derecho que los hechos sobre los que reflexionamos, a diferencia de las perspectivas metafísicas que afirmaban la existencia de una única verdad independiente de los hombres o el constructivismo que, en su posición, radicalmente contraria, propone que no existen hechos en sí mismos, sino que más bien nosotros los construimos mediante distintos discursos o métodos científicos.

La metafísica como el constructivismo, señala el filósofo alemán, fracasan en una simplificación infundada de la realidad, en tanto que la entienden, unilateralmente, como el mundo sin espectadores o, también unilateralmente, como el mundo de los espectadores. Sin embargo, el mundo que se conoce siempre es un mundo con espectadores, en el que concurren hechos, que no se interesan por mí, junto con mis intereses. El mundo no es ni exclusivamente el mundo sin espectadores, ni exclusivamente el mundo de los espectadores.

El nuevo realismo da a los acontecimientos deportivos nuevos análisis y explicaciones. Otorga un lugar privilegiado no sólo a los hechos y jugadas realizadas por los partidarios de los diferentes equipos, sino que asume como existente y válida la perspectiva que cada uno de los espectadores, dentro o fuera de la cancha (incluyendo a los árbitros con sus problemas de miopía, astigmatismo o interpretación, según sea el caso), logra contemplar. Así, miles de personas que se reúnen en un estadio complementan la realidad existente; así, millones de espectadores que observan y escuchan un partido desde la comodidad de las olvidadas salas, las eternas estancias en los retretes laborales, los streamings de contrabando en Facebook, los emergentes laberintos cibernéticos en Roja Directa, las aplicaciones telefónicas de los canales deportivos o los clásicos y protuberantes radios de los taxistas sintonizados en la amplitud modulada, pueden afirmar o negar, si pasados cuatro años, era o no penal, si las rotaciones son puntuales o son el delirio de algún dirigente que ignora las limitantes de sus convocados o si el quinto partido, dadas las fallidas y decepcionantes participaciones mundialistas, se encuentra en el ámbito de lo posible. La realidad existe, la contemplamos y complementamos atenta y detenidamente por 90 minutos en repeticiones y cámaras lentas que buscan esclarecer el fenómeno deportivo.

Las líneas y crónicas presentadas en los próximos días, a causa de tiempos mundialistas, estarán exentas de aquel objetivismo de los profesionales de la noticia porque, siendo sinceros, quién podría relatar sin pasión el gol de último minuto, la tarjeta roja impulsiva, la lesión del jugador estrella, las goleadas a los anfitriones o el desencanto existencial de ver frustrado el camino a la gloria… ¿Quién puede ser objetivo cuando la pasión está de por medio?

 

Sobre el que suscribe…

Durante la primera década de mi vida alguien insertó la idea a mis padres de que existía la posibilidad de que su joven hijo lograra desapegarse de la programación televisiva infantil para encaminar sus aptitudes al ámbito deportivo. El ambiente futbolístico había tocado la cúspide tras el ascenso del equipo local: Los Toros del Atlético Celaya. Los padres de familia de aquella ciudad sufrieron de la fiebre futbolera. El gol de Amarildo que dio ascenso a la primera división, el apoyo de los ciudadanos para ampliar el estadio municipal (dada la negativa del Gobierno Estatal), los triunfos bajo lluvias torrenciales y la llegada de Emilio El Buitre Butragueño fueron las causas de la creciente euforia deportista. A pesar del triunfo del Necaxa por la funesta regla del gol de visitante los ánimos no cesaron. Inscrito en un equipo llanero de fin de semana los recuerdos son menos gratos que lo vivido en aquella época, titular indiscutible en la banca y suplente sólo cuando el partido estaba ganado, el lateral derecho con el dorsal 17 estaba convocado todos los domingos a cubrir la cuota del partido. Los dos conjuntos pagaban la misma cantidad para que el árbitro realizará su trabajo diurno, por lo tanto, ambos tenían las mismas probabilidades de ganar el encuentro.

Lo más cercano en las cuestiones atléticas, en las que su servidor fue partícipe, habían sido las precarias clases de educación física, los sobrios partidos en el patio escolar con un bote vacío de jugo (porque estaba prohibido llevar balones a una escuela con raíces católicas) y los eternos encuentros en el canal 5 de Los Super Campeones. Aquella temporada, primera y única en la que estuve presente, se logró un campeonato.

El equipo vestía el uniforme de los “panzas verdes” del León y, por coincidencia, el partido por el título se alineó junto con el cierre del torneo de invierno de 1997. Con empatía, más por el uniforme que por la convicción personal de seguir a un equipo, mi apoyo estaba con la escuadra homóloga de la región. La historia es por todos conocida y, al igual que el Cruz Azul, mi destino estaba en no volver a lograr una gloria futbolística a partir de entonces, aunque fuese como apoyo moral desde la banca.

El camino austero en el balompié me mantuvo sin preocupación, la atención recibida a cualquier deporte o actividad física era casi nula y los grandes profetas revolucionarios, que jugaban en Europa entre finales del siglo XX y el comienzo del nuevo milenio, no lograban la admiración ni el fervor que inspiraba a mis coetáneos. Era un joven de poca fe más interesado en el Problema del 2000.

El paso por la universidad trajo consigo los pininos en el interés futbolístico. El primer semestre de filosofía registró a un joven equipo en el torneo de uruguayito, abierto a diferentes facultades, para lograr una cohesión social. La cohesión se logró, los triunfos no. Los aplastantes resultados en contra rompieron el espíritu antes de lograr una clasificación: 16-0, 6-0, 4-2… el reto constaba, según rumores, en lograr la más amplia diferencia de goles contra los, para entonces, lectores de Platón. La victoria se presentó sólo cuando el equipo contrario se ausentó, 3 puntos se lograron en el año del 2005.

En el 2007, tras muchos partidos amistosos en el patio de la Facultad de Filosofía, aquel imberbe conjunto logró colarse al tercer puesto de un torneo más amplio. Los juegos preparativos en ese lapsus partían de la clásica disyuntiva académica: clases o cáscara. Pocas veces fue difícil decidir entre el análisis ontológico del Dasein heideggeriano y el materializado dios redondo del que hablaban los neoplatónicos.

Sí, las ausencias de los contrarios -en ese segundo torneo- favorecieron los resultados y los tres goles que se marcaban a favor del equipo presente casi coronan, al que suscribe, como líder de goleo (los análisis de los organizadores anularían la entrega de un posible reconocimiento ya que, según ellos, muchas de esas anotaciones jamás existieron… a estas fechas nadie podrá constatar cuales sí lograron fraguarse). La virtud de aquel torneo fue más allá del tercer lugar, varios integrantes del equipo logramos obtener las mejores calificaciones en lo que iba de la carrera universitaria, las actividades lúdicas iban a la par del esmero académico. Se leía con pasmo el existencialismo del siglo XX, la Poética de Aristóteles, así como la filosofía medieval y renacentista, era un eclecticismo de lecturas y experiencias, con debates y tertulias nocturnas.

Los congresos nacionales de estudiantes tenían lugar normalmente en el mes de mayo. La tradición dictaba, en círculos selectos de amigos, ver la final de la Champions League a la hora de la comida. En ese mismo 2007, tras el triunfo del Milán sobre el Liverpool, el delegado de nuestra universidad preguntó a ver el periódico “Maestro ¿Qué se sentirá cargar la orejona?”, mi respuesta fue sincera y contundente “Supongo que chido”. Para ser sinceros, su madridismo jamás me convenció, era un hombre sin equipo, pero jamás le iría al Real Madrid. En la lucha de los antagonistas hispanos mi apoyo estaba en el equipo blaugrana sobre los merengues.

“He nacido en un tiempo -escribió Fernando Pessoa- en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué.” De esa forma se resumía muy pasión por el fútbol. Era un disidente de los comentaristas que afirmaban aquello que era el deporte más bello del mundo.

Los caminos del Señor son incomprensibles e inescrutables, el mundial del 2014 me pasó casi desapercibido. La indiferencia permeó la derrota de la Selección Nacional contra la Naranja Mecánica de Robben. Otro “ya merito” se escribió en la historia.

Meses después del triunfo de los teutones en la Copa Mundial, la vida adulta exigió un atisbo de nostalgia infantil, la forma más ecuánime de satisfacerla fue comprando un PS3. Su costo era bajo y para mantener la variedad de esparcimiento el FIFA 2013 seminuevo, entre otros, se agregó a la bolsa de compras. Las noches y tardes eran complicadas en ese nuevo juego. Mi hermana, nueve años menor que yo, me dio una gran lección: para aprender es necesario perder.

La experiencia, parafraseando a Gadamer y Hegel, se desprende de la negatividad, de lo no logrado. Siempre experimentamos algo que no es como habíamos supuesto, de tal manera que en toda experiencia sabemos otra cosa que antes no sabíamos y sabemos más. “¿Qué se siente ir perdiendo contra tu hermana menor?” publicaba en Facebook y una lluvia de likes aparecía sobre su publicación.

Para atender a las necesidades de no ser goleado, los ensayos virtuales consistieron en tomar equipos azarosos. Enfilados en orden alfabético, primero por países y luego por equipos, los primeros en la pantalla eran los alemanes, el Bayern de München contendía siempre contra el Borussia Dortmund. Aprendí a no perder en el derbi alemán.

La conversión había comenzado. Logré enterarme de que la Bundesliga se transmitía por la mañana de los sábados y domingos. Guardiola se encontraba de director técnico el cuadro Bávaro y la sombra de Heyckens opacaba su estilo de juego. Sin embargo, para un neófito, el poder y energía que se entregaba cada fin de semana era extraordinario. Lo realmente impactante fue el juego en conjunto, no veía una estrella sobre el campo sobre la que recayera el peso del partido, sino un conjunto vertebrado que, a pesar de las derrotas -como en toda Europa- salía a agradecer el apoyo de sus seguidores.

El herético milenarista llegó a su final tras ver jugar a Franck Ribery. Y ya para la mitad de la temporada 2015-2016, el culto con más divergencias contaba con un nuevo adepto. Me sentía -citando a Homero Simpson- como san Agustín de Hipona después de haber sido convertido por Ambrosio de Milán.

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